Abrir una tienda, poner mis cositas en el estante, que la gente me compre por internet lo que quiera, y que el negocio siga funcionando sin yo tener que hacer demasiado, porque una persona de confianza está en al tienda vendiendo por mí. ¿No es lo que todos hemos soñado con tener en algún momento de nuestra adultez? Poder tener algo que funcione, me dé dinero y prospere… sin que yo tenga demasiado que hacer.
Pero, para que esto sea posible, es necesario tener unas cuantas cosas que muchas veces pasamos por alto. Por ejemplo, una persona de confianza se encarga por nosotros de la tienda, pero hay que pagarle un sueldo. ¿Lo que ganas es suficiente para poder darle ese sueldo que merece? U otra duda más sencilla aún: Si me hacen un encargo desde Alemania, ¿tengo todo lo que necesito para que el pedido le llegue como es debido?
A este tipo de preguntas me gustaría responder para ti.
¿De verdad puedo producir algo y venderlo sin volverme loco por el camino?
Cuando pienso en producir y vender, lo primero que me viene a la cabeza es que producir no es solo hacer algo con las manos o mandar fabricar, es pensar si puedo mantener un ritmo sin agotarme, si puedo cumplir plazos y si lo que hago tiene sentido repetirlo cien veces. Mucha gente empieza con una idea genial y se queda ahí, porque no se hace esta pregunta básica: ¿esto lo puedo sostener en el tiempo?
También está el tema del espacio. ¿Dónde produzco? ¿En casa, en un local, en un taller compartido? El ruido, los horarios, el almacenamiento y hasta la convivencia con otras personas influyen más de lo que parece. Y luego está el coste real: no solo el material principal, sino lo que se gasta en luz, en herramientas pequeñas que se rompen, en pruebas que salen mal.
Otra pregunta poco pensada es si alguien más podría hacer lo mismo que hago yo, porque si todo depende solo de mí, cualquier cosa podría parar mi producción y se iría todo al cuerno.
Producir y vender suena muy libre, pero necesita un mínimo de estructura para no convertirse en un problema constante.
¿Cuánto dinero necesito antes de empezar y cuánto puedo perder si que me de un ataque?
Antes de vender nada, hay que preguntarse: ¿Cuánto dinero tengo ahora mismo para invertir? No dinero imaginario, no lo que creo que ganaré, sino lo que hay en la cuenta. Y luego viene la parte incómoda: ¿cuánto de ese dinero puedo perder sin que me quite el sueño?
Porque al principio se pierde: se pierde en pruebas, en errores, en cosas que no se venden, en proveedores que no funcionan… Pensar que todo saldrá bien desde el principio no ayuda, ayuda más saber que, durante unos meses, quizá no haya beneficios, y que aun así el proyecto seguirá adelante, cueste lo que te cueste.
También es importante separar el dinero personal del dinero del negocio, aunque sea todo muy pequeño, aunque sea una libreta donde apunto lo que entra y lo que sale. Si no hago eso, todo se mezcla y no sé si estoy ganando algo o solo moviendo dinero de un sitio a otro.
¿Quién se encarga de vender cuando yo no estoy y qué pasa si falla?
La idea de que alguien de confianza se quede en la tienda o gestione pedidos suena genial… hasta que se pone sobre la mesa el sueldo, los horarios y la responsabilidad. Aquí hay una pregunta clave que casi nadie se hace al empezar: ¿puedo pagar a esta persona incluso en meses flojos? Porque las ventas no son iguales todo el año, y esa persona tiene que cobrar igual.
Además, confiar no significa desentenderse: hay que dejar procesos claros, precios claros, qué se puede decidir y qué no. Si no, aparecen los malentendidos, y cuando hay dinero de por medio, los problemas se caldean muy deprisa. También conviene pensar qué pasa si esa persona se pone enferma, se va o simplemente no puede seguir. ¿Hay un plan B, o todo se para?
Vender es una parte muy sensible del negocio, porque es donde entra el dinero y donde se habla con la gente. Delegar eso sin pensar bien puede generar más estrés del que quita. Se trata de de organizarse bien: cuanto más claro esté todo desde el principio, menos líos habrá después.
¿Estoy preparado para que me compren desde otro país sin que sea un caos?
Vender fuera de España es complicado, porque si alguien compra desde Alemania, desde Francia o desde cualquier otro sitio, hay que saber cómo preparar ese pedido para que llegue bien: hablo del transporte, del embalaje, de los tiempos y de los papeles.
Una pregunta muy básica es si el producto aguanta el viaje. ¿Se puede romper? ¿Se estropea con el frío o el calor? ¿Pesa más de lo que parece? Todo eso influye en cómo se envía. Y luego están las herramientas que casi nadie tiene en cuenta: cajas del tamaño correcto, materiales para proteger el producto, sistemas para cerrar bien, etiquetas claras.
BV Pack, una empresa especializada en maquinaria y materiales de embalaje, suele insistir en que no hace falta complicarse, pero sí usar lo adecuado.
Según explican, para envíos internacionales conviene pensar en herramientas y materiales que faciliten el proceso y protejan lo que vendes. Por ejemplo, envolvedoras de palets, flejadoras y precintadoras ayudan a mantener los productos seguros; las formadoras y retractiladoras permiten preparar los paquetes rápido y sin errores; las máquinas de relleno y los complementos aseguran que nada se mueva; y el film estirable, los flejes, la protección y las cintas adhesivas mantienen todo cerrado y protegido durante el transporte.
Improvisar en esto suele ser la fuente de devoluciones y problemas. Tener a mano estas herramientas y materiales adecuados desde el principio evita pérdidas de dinero y clientes enfadados, y hace que enviar pedidos fuera del país sea mucho más sencillo y seguro.
¿Sé realmente cuánto vale lo que vendo o estoy poniendo precios al azar?
Poner precios es una de las partes más incómodas de producir y vender. A nadie le gusta sentir que cobra caro, pero tampoco tiene sentido vender perdiendo dinero. Aquí hay muchas preguntas escondidas. ¿Estoy contando todas las horas que dedico? ¿Incluyo los gastos pequeños que parecen insignificantes? ¿Estoy pensando en el futuro o solo en vender hoy?
Mucha gente pone precios mirando lo que hacen otros, sin saber si esos otros están ganando algo. Y eso es peligroso. Cada proyecto tiene sus costes y su ritmo. Si yo produzco a pequeña escala, no puedo competir en precio con alguien que fabrica miles de unidades. Y no pasa nada. El precio también comunica cómo trabajo y a quién me dirijo.
Otra cosa importante es pensar si ese precio permite crecer. Si vendo mucho pero no gano casi nada, el cansancio llega rápido. Producir y vender debería permitir, poco a poco, mejorar materiales, procesos y calidad de vida. Si el precio no da para eso, hay que revisarlo. No es ser ambicioso, es ser realista. Y cuanto antes se entienda, mejor.
¿Tengo claro cómo me van a encontrar o espero que sea pura suerte?
Aquí entra el tema de darse a conocer, que muchas veces se deja para el final. Pero vender no es solo tener algo bueno, es que la gente se entere de que existe. Y no hace falta hacer cosas raras ni complicadas, pero sí tener un mínimo de presencia. ¿Voy a usar redes sociales? ¿Una tienda online? ¿Un punto físico?
También hay que pensar en el tiempo que eso lleva. Subir fotos, responder mensajes, explicar lo que hago. Todo eso cuenta como trabajo, aunque no se vea. Y si no lo hago yo, alguien tendrá que hacerlo. Otra pregunta importante es si sé explicar bien qué vendo y por qué vale lo que vale. Si no lo tengo claro yo, la gente tampoco lo entenderá.
Esperar que las ventas lleguen solas suele acabar en frustración. No porque el producto sea malo, sino porque nadie lo ve. Darse a conocer no es gritar, es ser constante y claro. Y eso, aunque al principio cueste, marca una gran diferencia con el tiempo.
¿Qué pasa si un cliente se queja o algo sale mal?
Esto nadie quiere pensarlo, pero pasa. Un pedido llega tarde, un producto no es lo que el cliente esperaba, algo se rompe. Aquí la pregunta no es si pasará, sino cuándo. Y estar preparado cambia mucho la experiencia. ¿Tengo claro cómo responder? ¿Voy a devolver el dinero? ¿A cambiar el producto?
Tener unas normas básicas, aunque sean sencillas, ayuda mucho. No para ponerse rígido, sino para no improvisar con nervios. La mayoría de los problemas se solucionan hablando claro y rápido. Y aunque moleste, una queja bien gestionada puede acabar en una buena experiencia.
También es importante no tomárselo como algo personal. No es un ataque, es parte de vender. Quien produce y vende aprende mucho de estos momentos, aunque no sean agradables. Ignorarlos o enfadarse solo empeora las cosas. Pensar en esto antes de que pase da tranquilidad y evita decisiones impulsivas.
¿Estoy dispuesto a aprender cosas que no me apetecen nada?
Producir y vender implica aprender cosas que no siempre son divertidas. Facturas, impuestos, envíos, proveedores, errores. No todo es crear. Y aquí viene una pregunta honesta: ¿estoy dispuesto a enfrentarme a eso o prefiero mirar para otro lado?
No hace falta saberlo todo desde el primer día, pero sí tener una actitud abierta. Preguntar, buscar información, aceptar que al principio se mete la pata. Lo importante es no quedarse quieto. Cada cosa nueva que aprendo me da un poco más de control y un poco menos de miedo.
También ayuda aceptar que no todo saldrá perfecto. Que habrá días malos y decisiones que luego cambiaré. Producir y vender no es una línea recta, es ir ajustando. Y eso solo se puede hacer si uno acepta que aprender forma parte del camino, incluso cuando da pereza.
Pensarlo todo antes de lanzarse, sin quitarle las ganas
Después de darle vueltas a todas estas preguntas, queda algo claro: producir y vender no es imposible, pero tampoco es magia. Requiere pensar, organizarse y ser honesto con uno mismo. No para asustarse, sino para empezar con los pies en el suelo. Cuantas más cosas tenga claras antes, menos sorpresas habrá después.
La idea de tener algo que funcione y dé dinero sin estar encima todo el día no es absurda. Pero se construye poco a poco, tomando decisiones conscientes y aceptando que al principio hay que estar más presente de lo que uno imagina. Pensar en el dinero, en las personas, en los envíos, en los errores y en el tiempo no quita ilusión, la ordena.
Y al final, eso es lo que hace que el proyecto tenga más posibilidades de durar. Porque no se basa solo en ganas, sino en entender cómo funciona todo de verdad. Y eso, aunque no sea lo más emocionante, es lo que marca la diferencia entre una idea bonita y algo que realmente funciona.